Al oírlos, Jesús les contestó: ‘No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores’. – Marcos 2:17

¿Cuánto vale un médico?

Para una pequeña aldea de Alemania, un médico vale mucho. El médico que tenían se jubiló hace unos meses, y desde entonces han tratado de conseguir otro que lo reemplace.

Para lograrlo, decidieron aumentar la recompensa ofrecida. Por ejemplo, el carnicero ofrece darle salchichas para el almuerzo; el hotel ofrece alojarlo gratis hasta que encuentre vivienda; la peluquería le ofrece cortes de pelo gratis, y el panadero le ofrece pan gratis.

Así es que, entre el carnicero y el panadero, el médico ya no tiene que ocuparse de sus almuerzos, excepto quizás de comprar unas flores para poner sobre la mesa. Aunque en realidad no, porque la florería le va a proveer de flores para las cirugías.

Da la impresión que la gente es capaz de hacer cualquier cosa con tal de tener un médico que cuide de sus cuerpos.

Qué triste es que muchos no se ocupen de la misma forma de sus almas. Se me ocurre que siempre ha sido así. En tiempos de Jesús, los que estaban enfermos iban corriendo a buscarlo y le rogaban que los sanara. Pero la Escritura no dice que sucediera lo mismo con personas que fueran a él pidiéndole que les perdonara sus pecados y les restaurara sus almas.

Jesús fue muy claro en su misión. Él vino al mundo a sacrificar su vida, para que así los pecadores sean llevados al arrepentimiento, la fe, y el perdón.

Jesús sabía lo que nosotros demasiado a menudo olvidamos: debido a los estragos del pecado, el cuerpo de carne y hueso que tenemos sólo dura un cierto tiempo. Si bien es cierto que algunas enfermedades logramos sanarlas, toda sanidad es temporal.

Por otro lado, la sanidad espiritual que recibimos a través del perdón logrado con la sangre del Salvador, es eterna.

Mejor aún… en el Día del Juicio Final, los que creen en Cristo recibirán un cuerpo glorificado inmune a todo mal.

ORACIÓN: Querido Señor, enséñame a ver y aprovechar todas las bendiciones que tú, en tu amor, has puesto en mi vida. Te doy gracias por la salud de mi cuerpo y alma. En el nombre de tu Hijo. Amén.

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