Tiempo de nacer, y tiempo de morir…tiempo de guerra, y tiempo de paz. – Eclesiastés 3:2, 8

El compromiso de matrimonio entre José y María había sido arreglado por sus padres. Al llegar a un acuerdo, ambos padres habían dado la bendición a sus hijos y, a partir de ese día, se habían convertido en novios. José continuaba viviendo en su hogar, y María en el suyo. No vivían como esposos, pero el compromiso debía cumplirse con absoluta fidelidad.

Después que el ángel le anunciara a María que iba a ser la madre de Jesús, María se fue a visitar a su parienta Elisabet. Cuando María regresó a Nazaret, José se enteró que estaba embarazada, aunque no sabía de quién era el hijo.

Ante esa realidad, José tenía tres opciones: casarse con ella, tragándose la vergüenza de tener un hijo antes de haberse casado; denunciarla, exponiéndo así a su amada María a la posibilidad de ser condenada a la pena de muerte; o abandonarla secretamente.

El ángel le convenció de que se casara con ella: era el tiempo de Dios. Así es que se casaron, y no tuvieron relaciones sexuales hasta después del nacimiento de Jesús (Mateo 1:25). Cuando Dios interviene, como en el caso de José y María, sus momentos siempre son para nuestro bien.

¿Cómo hacemos nosotros para entender nuestros momentos? La respuesta la encontramos en la Palabra inspirada de Dios y la dirección de su Espíritu Santo, en una vida alimentada por esa Palabra, en el uso de los Sacramentos que él nos ha dado, y en la práctica de la oración que descansa en lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Jesucristo para darnos perdón y salvación eterna.

ORACIÓN: Señor, guíame con tu Espíritu para que mi vida sea una constante alabanza a ti. Amén.

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