TEME

Habacuc 1:7

Son un pueblo temible y espantoso; su juicio y su dignidad provienen de ellos mismos. 

Hoy, Dios comienza la descripción de Su espada del juicio nacional en cinco versículos. He aquí una nación que se juzga a sí misma. Una nación cuyos estándares y leyes proceden de sus propias decisiones pragmáticas y egoístas. Sin embargo, la justicia verdadera y el juicio correcto solo provienen de la ley del Señor.

La continua erradicación de la presencia de los Diez Mandamientos en cualquier cultura, llevará finalmente al total egoísmo presente en la locura homosexual y hedonista que todo lo consume (Génesis 18:19, 20). Y digo ‘finalmente’ porque existen muchas etapas en ese cáncer abrasador. Así que por el momento, en el caso de los caldeos, semejante autocrítica nacionalista llevó a la dignificación de la elevación propia, la cual, vale menos que un cacahuate; como si observaran el crecimiento de una costra bordeada de pus, elevada y desigual, sobre la piel de un animal infectado, más aún, de un pobre y lastimoso animal con lepra. Así es la auto proclamada dignidad de cualquier nación que ha rechazado la ley del Señor y cuyo juicio y justicia provienen total y únicamente de ellos mismos. Una legión tan leprosa puede tener su brillante bandera desplegada y tremolando; sí, puede tener el pecho henchido y condecorado con medallas de todos los colores del arcoíris, pero Dios llama a semejante dignidad auto proclamada de una nación: ‘leprosa’, costrosa, desagradable e inmunda a Su vista.

El rechazo a las leyes de Dios, casi invariablemente conduce a un pragmatismo cultural que va gritando por las calles del tiempo como un hombre intoxicado con una sobredosis de droga. Así son estas naciones impías que promulgan sus leyes de acuerdo con sus necesidades para justificar y posibilitar sus costumbres autodestructivas. Su voluntad es su ley. Por lo tanto, cuando estas naciones van a la guerra son absolutamente temibles; sí, hacen que el observador, y por tal debemos entender a la fuente de su voracidad, se acobarde y se oculte por un temor que detiene su corazón. ¿Por qué sucede esto? Esto es así porque las naciones que forjan sus propias leyes pueden justificar el genocidio y el asesinato de millones para alcanzar los fines que persiguen. Esta clase de naciones pueden golpear a cualquiera para hacer que se mueva, pueden patear a otros fuera del camino y pisotearlos hasta reducirlos a polvo.

En los últimos 100 años la historia europea no ha visto el comienzo y el fin de muchas guerras, incluyendo las dos guerras mundiales, más bien ha experimentado los estragos destructores de muchas batallas en una gran guerra única: la guerra para destronar la ley de Dios en todas las formas posibles y así finalmente erradicarla de la tierra para hacer lugar a un gobierno humano mundial y a un último soberano anti-Dios. Aun en nuestros días, las naciones del mundo rechazan la ley de Dios completamente y, no se equivoquen con esto, aquellos de nosotros que la llevamos en nuestros corazones y que vivimos nuestra vida de acuerdo con ella, seremos silenciados, nos harán callar, nos erradicarán. Las naciones sin Dios no muestran misericordia alguna por aquellos que conocen al Señor y Sus leyes.

América… ¡mira!, ¡pues poco a poco la educación, las leyes, la política y los lugares públicos, los cimientos de tu cultura Judeocristiana están siendo removidos con rapidez!

Gran Bretaña… ¡mira! ¡Pues tu imperio y tu nación están siendo dejados desolados y sin tus cimientos!

Europa… ¡mira!, ¡pues el pasado orgullo de tus naciones está siendo molido hasta dejarlo como barril de dinamita de poblaciones mezcladas, mientras tus horizontes se llenan de bancos y de minaretes y el aroma del aire de la tarde viene cargado de presentimiento, mientras los políticos hablan de paz y se bañan en la abundancia!

Una afilada espada con forma de medialuna está a la espera para tomar la cabeza del hombre egoísta y gritar ¡Dios es grande!

Reflexiona:- Bajan al sepulcro los malvados, todos los paganos que de Dios se olvidan. Pero no se olvidará para siempre al necesitado, ni para siempre se perderá la esperanza del pobre. Salmos 9:17-18 NVI/span>

Ora: –  “Restáuranos una vez más, Dios y salvador nuestro; pon fin a Tu disgusto con nosotros. ¿Estarás enojado con nosotros por siempre? ¿Extenderás tu ira a todas nuestras generaciones? ¿No volverás a darnos nueva vida para que Tu pueblo se alegre en ti? Muéstranos, SEÑOR, Tu amor inagotable, y concédenos Tu salvación. Escucharé lo que Dios el SEÑOR dirá: porque Él promete paz a Su pueblo y a Sus santos, siempre y cuando no se vuelvan a la necedad. Muy cercano está para salvar a los que Le temen, para establecer Su gloria en nuestra tierra.” (Salmos 85:4-9) NVI